Universos deshechados con mi mundo en la entrepierna

Era tan feliz en los 90. Desde mi ventana respiraba la ebullición que por las calles corría. Chatarreros a los que todo les valía, tapiceros que sin tela se mostraban, afiladores silbando en mi oído, que dejarían a punto sus armas sobre mi mesa. Los fruteros, en las aceras, me enseñaban el dulzor de sus promesas y butaneros que solo con ver mi mano, subían al cuarto piso cargados de calor, con mi puerta siempre abierta.
Religiones en decadencia invadían mi barrio en busca de adeptos, y yo, siempre expectante, entregaba mis pecados a cambio del placer de seguir sintiéndome viva.
Recorriendo escaleras, la pobreza llamaba al timbre siempre a media mañana. Enciclopedias más tarde, con el hambre ya avanzada. El lector de contadores que entraba a ajustar cuentas atrasadas y algún despistado que equivocándose de letra se encontraba con una sorpresa inesperada.
Las cuatro paredes eran mi campo de batalla. No salía, mas entraba hasta el fondo el que quisiera. No ponía un pie en la calle, pues mis necesidades básicas estaban cubiertas. La del tercero me traía la carne y su marido me comía el coño sin haberlo cocinado. La del primero el pescado y con esmero recuperaba orgasmos que en su casa había olvidado. Del correo se encargaba el portero, en una visita rápida, corriéndose sobre mis pechos.
Mi mundo cerrado a cal y canto, solo recibiendo, nunca saliendo al espacio. Me decían sal, que las estrellas te están esperando. Mierda de cuentos chinos en las que te prometen el cielo cuando nadie lo ha rozado. La palanca de mover el mundo la tenía guardada en mi cuarto, para qué salir si tenía el control en mi mano. Las dudas me asaltaron y alguna noche, que me quedé sin tabaco, me llevó hasta el descansillo sin ni siquiera haberme vestido. Las paredes se apartaron haciendo infinito el espacio, a la vez que mis pulmones se vaciaban de oxigeno. No llegué ni a la escalera, nunca sabré que hubiera ocurrido. Mi cerebro decía avanza y el sistema locomotor me llevaba de vuelta a mi piso.
Que asco los recuerdos en los que vivo, que me dicen día tras día, lo que tuve y he perdido.
Hoy todo ha cambiado, todos los vecinos se han ido, el portal siempre cerrado con el uso del telefonillo. Las calles han ido muriendo, las tiendas desaparecido. Las familias guardan sus mierdas bien ocultas en los armarios. Nadie se para a llorar lo mal que le salen las lentejas, nadie se asoma a los patios a tender sus desatinos. No hay obras que controlar, ni obreros que silben, pues el dinero ha volado. El espacio exterior se extingue y mi mundo se ve sumido en un agujero negro, siempre a la espera de absorber lo que ya no sirve
Putos instigadores que apremian a sus repartidores a tirarte la compra a la cara y salir corriendo sin ni siquiera decir buenas tardes. Me cago en las compañías, que sacaron los contadores para agilizar su trabajo e instalaron el gas porculizando a hombretones, siempre dispuestos a la propina. Jodido Tinder, que ha trasladado el follar a las redes sociales y en el que nadie se fía de alguien que de salir de su casa no quiere.
Dedos desgastados de acariciar mi entrepierna. Muñecas abiertas por buscar el punto exacto que una polla encuentra a la primera. Mis pezones agrietados por el hielo. Caderas desencajadas sin encontrar el consuelo. Así paso los días, abriendo a quien viene a saciar mi hambre y no me quita el deseo.
Las nuevas tecnologías hacen que la luz entre en mi desidia. SMS, revisión de caldera a las 11.00. Avanza por la cocina con la herramienta en la mano. Le sigo ofreciendo mi ayuda más cerca de lo aconsejado. Comienza a desmontar despacio y el olor a sexo inunda el pequeño espacio que le he dejado. Sus ojos clavados en el hollín acumulado, mis tetas en su espalda, sus brazos trabajando, mis manos encontrando una polla palpitando, que con vida propia, se escapa de su bragueta. Las piezas van encajando y mi boca busca sin ternura la dureza de su envergadura. Atornillada la tapa a caldera, sus manos agarran mi pelo levantándome a su altura, encajándome con fuerza contra la encimera. La suavidad de su trabajo se vuelve rudeza contra mi coño empapado y la tranquilidad y destreza de un principio, se desbocan golpe tras golpe acelerando mis gritos. Uñas arrancando gemidos cuando rasgan la tensión de su culo. Mis piernas rodean su cuerpo con fuerza minimizando el retroceso de su pelvis cuando siento que el abismo se acerca.
Recuperado el aliento firmo por el trabajo bien realizado. Repaso de memoria el contrato. Mantenimiento una vez al año. Se abre un universo de posibilidades en mi consentido encierro abandonado.
Dilatando los tiempos de espera de calmar el hambre que me acecha, mantengo la esperanza de seguir metida en mi mundo y de que más pronto que tarde alguien llamará a mi puerta.

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137 comentarios en “Universos deshechados con mi mundo en la entrepierna

  1. La melancolía te rodea, aunque los 90 fueron buenos años, que coño fueron los mejores pero no tanto.
    Hay que reconocer que has sabido adaptar tu agorafobia muy bien, solo te ha faltado nombrar al lechero que te subía la leche fresca recién ordeñada (la vaca, no el lechero) 😛

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    1. Me han faltado muchos jajaja me eternizaría… A el extrarradio no iban los lecheros Jjj eso es más de pueblecitos… Sería otra historia, ordeñando o sin ordeñar.
      Como te aprecio te diré que estos recuerdos son más de los 80, pero quería despistar con lo edad jahahs que putada
      Y ya le dije a Paloma que me salte a la cabra por poca sensualidad Jajaha

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      1. Jajajaja. Como me aprecias y que se cual es tu edad. 😉
        Y eso que lo de los lecheros es de pueblecitos vamos a dejarlo a un lado, yo vivía en una ciudad de pequeño y iba el lechero todos los días, con trece años cambie de ciudad y hasta entonces nos la estuvieron llevando, supongo que siguieron después pero es algo que ignoro por que no volví años más tarde pero no coincidí con ellos.

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      2. Pues te vas dando un punto en la boca, Jajsha
        Tú no has vivido en ciudades dormitorio pegadas a Madrid …
        Yo recuerdo una lechería pequeñita donde vivía mi abuela. Por detrás de la gran vía, mítica barrio de Tribunal, Jjj con la señora oronda y su delantal blanco…

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      3. Pero el problema no esta en la boca, sino en los dedos y no voy a seguir cortándome dedos para salvaguardar tu …..
        Cuando vivía en Basauri la llevaban a las casas, iba el lechero con su cántaro y una medida de litro y te dejaba la cantidad que quisieras. Después me fui a Benidorm pero allí no se estilaba eso, allí tenías que ir a comprar las bolsas de leche a la panadería, era fresca también y había que cocerla, pero era de bolsa ya empezaron a echarle los polvitos para conservarla fresca. Hasta que obligaron a la pasteurización y llegaron los tetabric.

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  2. Es que cuando a uno le va tan bien adentro… ¡cuesta salir afuera! 😉
    La próxima vez que me quede adentro te pediré consejos, a mí no me dio pelota ni el lechero ni el cartero ni el puto vecino del 5to B. Y en los ´90 vivía en la calle (es que soy muy joven! 😛 )
    PD: veo un mensaje en FB. Más te vale que me estés pasando datos interesantes!!!
    PD 2: Bello, como siempre.

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      1. ¿Cogerme las bolsas? Creí que a mí… 😛
        Yo miraba al del 1º pero para salir con el/ella por la noches, y tampoco me hizo ni caso, jaja.
        PD: si sales más que antes, aunque nadie nos mire, llévame de marcha por Madrid. Incluso en un teatro soy feliz. ¿Es de noche o es de día? Que le den al del 5ºB, si contigo a mi lado seguro nos miran desde un balcón abandonado… todo puede suceder.
        Pd: no me extraña, araña.

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  3. Reflexionando en voz alta

    Buff.
    Empecé a leerte sin ganas. Despertado bruscamente del tedio de un jueves de invierno.
    Conforme asimilaba las primeras frases, discurrí tal vez comentar(te) la coincidencia de que cuando por edad coincidí con lo que explicabas, vivía yo también en un cuarto.
    No serías mi vecina?
    (pensé te comentaría)
    Hasta que los dientes se me pusieron largos por la envidia al leer sobre el marido de tu vecina del tercero…
    El momento había pasado.
    Me centré en la lectura. Me dejé llevar por la melancólica nostalgia de -como antes dije- haber arañado las experiencias referidas, hasta darme cuenta de que el día (con WordPress) me brindaba tu lectura.
    No puedo dejar de decirte cuánto me gusta lo que escribes. Sobre todo cómo lo escribes.

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    1. Entremezclando olores de escalera. Potaje del primero, cocido del tercero, patatas con costillas en varias letras. Me gusta que hayas saboreado el momento de echar atrás los recuerdos para volver al punto exacto del ahora.
      Ains cuánto daño han hecho los adosados.
      Gracias por tus palabras, intentaré seguir haciendo que saborees, aunque sea a ratos
      Un beso… Mañana entrada sorpresa, pero solo para pedir un poco de apoyo, pásate y si te apetece vota
      Besos

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  4. Muy bueno el relato, Margui. Escrito con mucha habilidad verbal y el chivo de los años, ¿40?

    Los 90 y la gente, que sabor tenía el contacto de tú a tú, verdad? … ahora todo eso se ha guardado en una nube, un pen, un face, no sé que más inventos… entiendo que tú prota eche de menos aquel sexo de estar por casa, tan cotidiano y espontáneo!

    Por cierto, el comentario de antoncaes es genial 😂😂😂😂

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    1. Me pillaste 44 Jajshs. Y quise trampear poniendo los 90. Mierda jajahs. Creo que esos recuerdos son más ochenteros.
      Quise contar demasiadas cosas en muy pocas palabras y quizás se superpusieron unas encima de otras…
      Antonio cuando se pone es genial Jajaha y va a cuchillo ksjshss

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      1. Jajaja, ya lo he contado muchas veces, sólo he dejado entrar a alguien muy muy especial y la puerta se cierra tras de él, sólo él.
        Claro, siempre cerca, aunque a veces por el tiempo me tenga que esperar para ir a verte.
        Abrazo de luz

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