Masticando un mal bocado que se quedó entre los dientes

Carnívora por convicción, después de haberlo probado todo, me deleito con el primer bocado de cualquier manjar que se me ponga por delante. Los primeros jugos, al hincarle el diente, resbalan por mis labios disfrutando del reguero que van dejando.

Aseguro firmemente a la víctima para que no escape y me doy el gusto de observarla, mientras espera resignada a que mi boca culmine su mal trago.

Reprimo mis instintos controlando el apetito voraz que su olor me inspira. Me concentro en cada punto de ataque para alargar el placer, y como buena gourmet, inspecciono sus relieves, para comprobar su buen estado.

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Mordido por un tiempo inanimado

El placer del frío acero acariciando mis dedos y la sedosa piel de una manzana, a la espera de ser despojada de la ropa que le queda.

Controlar el deseo de paladear sus jugos, agarrando con fuerza el cuchillo para no perder los estribos.

Acariciar el manjar buscando el punto exacto mientras la boca se deshace en un mar de sensaciones.

Solo espero que no se rompa la magia si desgarro sus vestidos.

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Detalles podridos que viven amontonados

Y digo yo, que una montaña de mierda repartida entre paredes, puede quedar hasta mona, aunque sea maloliente.

Siempre se dejan algo antes de que yo llegue. Detalles ínfimos, un olor, un resquicio al que asomarse, una grieta a la que agarrarse.

No escuchan lo que tienen delante, no se dejan llevar por la escena. Miran en una dimensión recogiendo pruebas, para que el horror no los atrape.

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Baldosas Rotas

Qué buen momento para dejarme tirada. La lluvia empieza a caer y Gene Kelly viene a rescatarme.

Siempre lo haces bien, amor, no apareces para que pueda bailar sola bajo las nubes cargadas.

Eliges los días perfectos, para que llegue a casa calada hasta los huesos y con la ropa pegada al cuerpo.

Quiero saltar en los charcos y dudo en hacerlo para no mancillar la escena, sin un paraguas en la mano.

Pienso dónde estarás, cuando conmigo debieras estar. Si olvidas en un segundo o haces por olvidar. Si se te hace tan fácil poner otra cosa en mi lugar.

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Historia del llamarse o temor de que te llamen.

Me llamo Sara Yésica Barner y no quiero sentarme, porque si me siento sucumbiré y el sueño se hará conmigo.

Hace solo tres meses que abrí los ojos y me pusieron el nombre.

Sara, repetía sin cesar aquel hombre pareciendo que me conocía.

Dos niños, uno a cada lado de la cama, en silencio.

Me perdí en el blanco del techo, mientras las palabras iban saltando de médico en médico pidiendo más tiempo.

Mil veces me dijo su nombre, Román, Román Quiñones.

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