Promesas trenzadas en veinticuatro horas

Mi hombro dispuesto a devorar las veinticuatro horas que el tesón de mi insistencia consiguieron.

Los primeros rayos iluminan el muro casi interminable de Dña. Marta y el piloto rojo de mi cámara lo atrapa silencioso, porque ni los pájaros se atreven a atravesarlo.

Recorro la pared de piedra sin perder nunca su contacto.

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Dudamientos de un instante para un pensar eterno

No siento la lengua en mi boca. La punta no roza los dientes. El cielo del paladar es un plano de nube reseca. No puedo despegar los labios. Las muelas están selladas y la mandíbula completamente encajada.

Sé que respiro, pues pienso y mientras pienso me evado y si me evado no siento.

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Versión de un reflejo de mí misma.

La humedad, disfrazada de pintura resquebrajada, entumece los recuerdos de lo que un día fue, y hoy, cerrado a cal y canto, permanece en el olvido. Las termitas se han instalado a su antojo y el olor a rancio emborrona el clamor de los aplausos que me calaron los huesos cuando un día os hice libres.

Candados fijando puertas de un teatro desvencijado; condenado al olvido. Años paseando por delante los porqués de quedarme callada, de no atravesar sus ventanas. Arrepentida de consentir que hicieran con vosotros lo que quisieran. Enfadada conmigo misma por no escuchar vuestras quejas.

En sesión privada, con la ruina haciendo mella, vengo a rendíos cuentas.

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