Destino a corto plazo

Más me hubiera valido que me vendieras al mejor postor, a que me regalaras en pro de la causa que teníamos perdida antes de empezar.

Al menos, con el estómago lleno y los bolsillos repletos, sería tomado en cuenta para no acabar tirado en cualquier cañería, mezclado con la mierda que busca salida por las alcantarillas.

Decidiste mi destino y, conmigo en brazos, saltaste al abismo sabiendo que yo solo no podría regresar al hogar. Buscaste un sitio seguro, bien oculto en la maleza, con la oscuridad justa para que no pudieran encontrarme y que, aunque la humedad llegara de vez en cuando, pudiera jugar a mi antojo sin salirme de los límites marcados.

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Masticando un mal bocado que se quedó entre los dientes

Carnívora por convicción, después de haberlo probado todo, me deleito con el primer bocado de cualquier manjar que se me ponga por delante. Los primeros jugos, al hincarle el diente, resbalan por mis labios disfrutando del reguero que van dejando.

Aseguro firmemente a la víctima para que no escape y me doy el gusto de observarla, mientras espera resignada a que mi boca culmine su mal trago.

Reprimo mis instintos controlando el apetito voraz que su olor me inspira. Me concentro en cada punto de ataque para alargar el placer, y como buena gourmet, inspecciono sus relieves, para comprobar su buen estado.

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Desviada del rumbo que marcará su destino

De bote en bote estaba el andén y ya con la piel ajada y las carnes descolgadas de tanto botar, llegué hasta el borde señalado por donde el tren ha de pasar.

Aún tengo en la memoria la tersura que recubría un interior firme y prieto. La seguridad del retroceso al impactar con el suelo, me hace temblar de placer al recordarlo.

No dudaba al golpear, ni fallaba en el sitio exacto a donde quería llegar. Al milímetro medía mis pasos y si al final no encontraba lo que andaba buscando, regresaba para comenzar con más fuerza hasta dar con el final deseado.

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Mordido por un tiempo inanimado

El placer del frío acero acariciando mis dedos y la sedosa piel de una manzana, a la espera de ser despojada de la ropa que le queda.

Controlar el deseo de paladear sus jugos, agarrando con fuerza el cuchillo para no perder los estribos.

Acariciar el manjar buscando el punto exacto mientras la boca se deshace en un mar de sensaciones.

Solo espero que no se rompa la magia si desgarro sus vestidos.

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Retazos de un amor sobreviviendo en las calles

Ve despertando, amor, que el día se consume, como un cigarro mal apagado.

La ducha espera. Voy entrando yo primero.

Qué tiempos en los que el vapor no empañaba nuestras vidas, en los que nos bañábamos juntos sin tener que salir corriendo.

¿Te acuerdas, mi vida? Cuándo nos fundimos por primera vez, cuerpo con cuerpo, sumergidos en la espuma, besándonos en cada rincón, buscando a ciegas, con nuestras manos, el placer hasta ahogarlo.

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Detalles podridos que viven amontonados

Y digo yo, que una montaña de mierda repartida entre paredes, puede quedar hasta mona, aunque sea maloliente.

Siempre se dejan algo antes de que yo llegue. Detalles ínfimos, un olor, un resquicio al que asomarse, una grieta a la que agarrarse.

No escuchan lo que tienen delante, no se dejan llevar por la escena. Miran en una dimensión recogiendo pruebas, para que el horror no los atrape.

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Historia del llamarse o temor de que te llamen.

Me llamo Sara Yésica Barner y no quiero sentarme, porque si me siento sucumbiré y el sueño se hará conmigo.

Hace solo tres meses que abrí los ojos y me pusieron el nombre.

Sara, repetía sin cesar aquel hombre pareciendo que me conocía.

Dos niños, uno a cada lado de la cama, en silencio.

Me perdí en el blanco del techo, mientras las palabras iban saltando de médico en médico pidiendo más tiempo.

Mil veces me dijo su nombre, Román, Román Quiñones.

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