Baldosas Rotas

Qué buen momento para dejarme tirada. La lluvia empieza a caer y Gene Kelly viene a rescatarme.

Siempre lo haces bien, amor, no apareces para que pueda bailar sola bajo las nubes cargadas.

Eliges los días perfectos, para que llegue a casa calada hasta los huesos y con la ropa pegada al cuerpo.

Quiero saltar en los charcos y dudo en hacerlo para no mancillar la escena, sin un paraguas en la mano.

Pienso dónde estarás, cuando conmigo debieras estar. Si olvidas en un segundo o haces por olvidar. Si se te hace tan fácil poner otra cosa en mi lugar.

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Una tiza para cuarenta lineas vencidas

Hace tres mil momentos que saltaste mis barreras sin el salvoconducto sellado.

En un instante decides de qué lado estás. Un segundo y todo se va al traste.

Las raíces influyen, el lugar de dónde vienes, lo que lees, a quién quieres. Sobrevivir o proteger lo que amas.

La tierra se dividió y tú elegiste el bando contrario.

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Versión de un reflejo de mí misma.

La humedad, disfrazada de pintura resquebrajada, entumece los recuerdos de lo que un día fue, y hoy, cerrado a cal y canto, permanece en el olvido. Las termitas se han instalado a su antojo y el olor a rancio emborrona el clamor de los aplausos que me calaron los huesos cuando un día os hice libres.

Candados fijando puertas de un teatro desvencijado; condenado al olvido. Años paseando por delante los porqués de quedarme callada, de no atravesar sus ventanas. Arrepentida de consentir que hicieran con vosotros lo que quisieran. Enfadada conmigo misma por no escuchar vuestras quejas.

En sesión privada, con la ruina haciendo mella, vengo a rendíos cuentas.

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Universos deshechados con mi mundo en la entrepierna

Era tan feliz en los 90. Desde mi ventana respiraba la ebullición que por las calles corría. Chatarreros a los que todo les valía, tapiceros que sin tela se mostraban, afiladores silbando en mi oído, que dejarían a punto sus armas sobre mi mesa. Los fruteros, en las aceras, me enseñaban el dulzor de sus promesas y butaneros que solo con ver mi mano, subían al cuarto piso cargados de calor, con mi puerta siempre abierta.
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