Llámame puta sin hacerme culpable

Hoy no llevo bragas. Me las pongo cuando quiero y me las quito cuando me da la gana. No hay que traducirlo para que lo entiendas. Es un derecho universal, el que yo haga con mi cuerpo lo que me pida por las mañanas.

Quizás coja el metro y cuando descruce las piernas me mires. Puedes hacerlo. No hay ley que prohíba observar lo que ansias y como librepensadores que somos, puedes imaginar que me tienes en el sitio que deseas.

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Retazos de un amor sobreviviendo en las calles

Ve despertando, amor, que el día se consume, como un cigarro mal apagado.

La ducha espera. Voy entrando yo primero.

Qué tiempos en los que el vapor no empañaba nuestras vidas, en los que nos bañábamos juntos sin tener que salir corriendo.

¿Te acuerdas, mi vida? Cuándo nos fundimos por primera vez, cuerpo con cuerpo, sumergidos en la espuma, besándonos en cada rincón, buscando a ciegas, con nuestras manos, el placer hasta ahogarlo.

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Labios acallados que gritan en silencio

Ahora sé que la madera sobre la roca no gira, pero entonces, solo pensaba en ceñirme unas cintas de raso bien fuerte y dar vueltas de puntillas, para escapar sobre unas zapatillas que no tenía.

No hay más mundo que el que rozas bajo tus pies descalzos. A los cinco años, los sueños llegaban hasta donde las piedras formaban una gran mole en el horizonte.

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Detalles podridos que viven amontonados

Y digo yo, que una montaña de mierda repartida entre paredes, puede quedar hasta mona, aunque sea maloliente.

Siempre se dejan algo antes de que yo llegue. Detalles ínfimos, un olor, un resquicio al que asomarse, una grieta a la que agarrarse.

No escuchan lo que tienen delante, no se dejan llevar por la escena. Miran en una dimensión recogiendo pruebas, para que el horror no los atrape.

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Versión de un reflejo de mí misma.

La humedad, disfrazada de pintura resquebrajada, entumece los recuerdos de lo que un día fue, y hoy, cerrado a cal y canto, permanece en el olvido. Las termitas se han instalado a su antojo y el olor a rancio emborrona el clamor de los aplausos que me calaron los huesos cuando un día os hice libres.

Candados fijando puertas de un teatro desvencijado; condenado al olvido. Años paseando por delante los porqués de quedarme callada, de no atravesar sus ventanas. Arrepentida de consentir que hicieran con vosotros lo que quisieran. Enfadada conmigo misma por no escuchar vuestras quejas.

En sesión privada, con la ruina haciendo mella, vengo a rendíos cuentas.

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