Desviada del rumbo que marcará su destino

De bote en bote estaba el andén y ya con la piel ajada y las carnes descolgadas de tanto botar, llegué hasta el borde señalado por donde el tren ha de pasar.

Aún tengo en la memoria la tersura que recubría un interior firme y prieto. La seguridad del retroceso al impactar con el suelo, me hace temblar de placer al recordarlo.

No dudaba al golpear, ni fallaba en el sitio exacto a donde quería llegar. Al milímetro medía mis pasos y si al final no encontraba lo que andaba buscando, regresaba para comenzar con más fuerza hasta dar con el final deseado.

El divagar no entraba en mis planes. Deambular sin rumbo fijo se me antojaba inútil dentro de mis pensamientos. El reto estaba en mis manos y día a día avanzaba para conseguirlo.

Una tarde, sin previo aviso, recibí un email desconocido. Ve hasta el parque que a un kilometro de tu casa se encuentra. Llega hasta el lago y a la derecha del embarcadero verás un banco de madera. Siéntate y espera la señal para el siguiente destino.

Ahí empezó el declive, sin darme cuenta dudé en ponerme un abrigo o una simple chaqueta. Salí a la calle; busqué las gafas de sol en el bolso y al no encontrarlas frené en seco y giré para volver por ellas. Reboté contra una farola que tenía a la espalda. Ya en el suelo pensé que no me hacían tanta falta, me levanté y tomé el camino contrario sin saber ni cómo.

Al llegar a la arboleda comencé a dar vueltas buscando un cartel que me llevara al estanque. Comencé a sudar, me sobraba la parca, eché de menos la gafas, no podía abrir los ojos deslumbrada por un sol otoñal que intentaba aguantar el paso de estación.

Los sauces habían perdido su color y las acacias desnudas levantaban sus ramas orgullosas, aún sabiendo que sus hojas caídas no volverían a darle calor.

El barrillo de la lluvia caída por la mañana me hizo chocar contra los troncos y comencé a triangular de un lado a otro perdiendo el norte totalmente. Intenté salir, mas cuando veía una vía de escape, alguna roca caprichosa me devolvía impulsándome contra los árboles para seguir dando vueltas.

Agotada por el trasiego me fui desinflando hasta perder consistencia y me paré entre dos piedras.

El teléfono sonó. Número oculto, como siempre. Mi corazón en un puño. Pulsé el verde y esperé que su voz me hablara. No has cumplido con tu parte, no volverás a verla, me dijo. Haré la entrega en veinte minutos, nunca te he fallado, le grité. Es tarde para segundas oportunidades, la niña se queda conmigo, me aseguró. Enséñame su foto una vez más, supliqué sollozando, que sepa que aún vive. Ella es mía ahora, solo tenías que hacerlo bien unos meses para volver a tenerla, replicó. Te he hecho el trabajo sucio por mucho tiempo, he guardado silencio, no denuncié. Devuélvemela, le pedí esperando respuesta.

Tres pitidos me dijeron que la conversación había acabado.

Dos grietas surgieron en mi cara y por ellas las lágrimas brotaron sin descanso. Los surcos rodearon mi cuerpo. El cansancio hizo mella en mis piernas llenas de moratones.

Comencé a rodar, pues brincar era imposible. No volví a mi hogar dado que ya no lo era sin mi niña allí viviendo. Perdí todas mis pertenencias. El desgaste se fue acumulando de arrastrarme por las calles.

Aquí estoy un año después, como un juguete viejo y olvidado, esperando que pase el tren para dar un último salto y que se lleve por delante lo que fui y en lo que me he convertido por haber dudado.

 

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85 comentarios en “Desviada del rumbo que marcará su destino

  1. Buah, me has dejado muerta. Lo peor que he experimentado en mi vida es la culpabilidad, aunque no fui consciente hasta que me liberé de ella y fue lo mejor que me ha pasado en la vida.
    Es muy duro tu relato, y sé que hay casos o los han habido; y solo pensar en ello me paraliza, me estremece y me enfurece.
    Un abrazo, Margui.

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      1. Quizás tengas razón. Solo diré que es lo más liberador que he sentido jamás, cuando dejé de sentirme culpable por todo. Era algo de lo que no me daba cuenta y me hicieron creer que de algún modo yo era culpable de todo lo que hacía, incluso de lo que no hacía y acababa admitiendo, en fin… No hay que sentirse culpable y si te sientes culpable mira a ver qué es lo que provoca que te sientas así. Esa sería mi lección para todas las mujeres que se sienten culpables.
        Mis mejores deseos, para que se cumplan tus ilusiones. Feliz año, Margui!! 🙂 ❤

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  2. Se lo que es ese sentimiento de culpabilidad cuando vuelves la vista atrás y te ves tomando decisiones que sabes, después serán erróneas. Tras esa torpeza casi siempre se sitúa el miedo propio y las hipótesis que confabula tu cabeza. Pero esa culpa tras lo sucedido, esa culpa es un veneno que te carcome por dentro. Sobretodo si la lógica te dice que tuviste la oportunidad de denunciar los hechos u obrar de modo alternativo para que el resultado te favoreciese. El retroceso hacia atrás se convierte -durante bastante tiempo- en una oración. Esa justicia moral interior es como una cicatriz latente…
    Estoy de acuerdo con lo que aporta Lidia, se sale y una se libera sintiendo un alivio inimaginable: No es solo buscar culpables o sentar justicia lo que calma, también es un cambiar los propios discursos interiores (tan precisos), deshacerse de esos “fallo/s” que otro/s continuamente ha/n depositado en tí y de los que tu te apropias indebidamente, cegada por sentimientos o la baja autoestima. Es una conquista que merece la pena, como si nos hubiéramos extraviado de nosotros mismos y de repente nos encontrásemos.

    Besos y Feliz año guapetona.

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    1. Mmm sobran las palabras después de este acojonante comentario.
      Que mierda el ser humano que siempre cargamos con los sentimientos más negativos. Los buenos los vamos aparcando y no nos regodeamos en ellos.
      Aprender a compensar, como dice Lidia, salir del atolladero y sacudirnos el polvo es la leche… ojalá que cada vez sean más
      💋💋❤️❤️

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  3. Nos movemos por decisiones incluso por no decisiones, porque no hacer nada es en sí mismo una decisión y de ello se deducen las culpabilidades reales o no que llevamos a cuestas en nuestra mochila y los miedos capaces de paralizar nuestras emociones. Llegando a un camino que ya no se quiere recorrer. Pedazo de texto amiga. Tremendo.
    Gracias por hacernos reflexionar. Un abrazo Margui

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  4. Una vez más, un maravilloso y triste ejemplo de lo que cargamos dentro cuando la cagamos bien cagada (no estoy muy fina, que lo sepas, jeje). Piel de gallina y va mi “bow” sombrero abajo. Estremecedor, mi Margui.
    Feliz fin de año, que comiences otro más exquisito con palabras que nos dejan sin aliento.
    Abrazossss… infinitos!

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    1. Fina es, me cago en la puta, la jodí de nuevo y no hay marcha atrás. Otra piedra que cargar. Se podrá soltar la mochila?
      Ains Pocket que gilipollas somos cuando dudamos tanto y nos hacemos las superwonan. Yo por lo menos 😊😊. Se nos ve el plumero rápido y cagada tras cagada vamos arrastrando todo

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      1. Ser conscientes que de mujer maravilla no tenemos ni la cinturita (yo, por lo menos! jaja) es el primer paso, ¿cierto?
        Se puede, se puede soltar TODO. Padelante, que patrás ya tuvimos bastante. ¡FELIZ 2018! Y más le vale (al 2018) que me pegue un voleo en el culo y caiga de pie en Madrid.

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  5. Muy duro pero seguro que real. Es muy pesada la mochila de la culpalibidad, creo que a veces se mezcla la sensación de impotencia con la de creernos que podemos hacer cualquier cosa que pensemos o queramos y, lamentablemente, eso no es así., por ello nos culpamos cuando la vida nos va mal. Es difícil enfocar esto de otra forma pero es necesario. El inicio de 2018 puede ser un buen momento para empezar un cambio, besos Margui.

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  6. Qué relato tan bueno, margui, con esa mezcla de sentimientos: culpabilidad por no haber hecho lo imposible; dolor por la pérdida de la pequeña, una perdida más dura, si cabe, al no saber qué será de ella, qué futuro le espera, y soledad ante una vida vacía que ya te importa una mierda. Me ha gustado mucho.

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  7. Un hecho hace que cambie la vida y la culpabilidad,la duda siempre revolotean.Con más o menos trabajo terminan por acoplarse a nuestra persona,como kilos al cuerpo y pueden hasta pasar desapercibidos aunque siempre están ahí.Al final vivimos como nos dejan….

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  8. Pingback: 12 campanadas, 12 abrazos – Mis historias y otros devaneos

  9. El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.” Oscar Wilde

    Muy buena reflexión, Margui. Feliz Año! No te deseo que el año nuevo te traiga felicidad. Te deseo que logres ser feliz sea cual sea realidad que te toque vivir.

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  10. ¡Madre mía!
    Me has dejado angustiada, paralizada, con la culpabilidad danzando a mi alrededor. No quiero ni pensar lo que debe de ser sentir lo que describes en tu relato.
    Aunque por otro lado, te tengo que felicitar por como lo has escrito. No es nada fácil conseguir transmitir lo que tú transmites en esta historia, conseguir meternos en la acción como si nos pasara a nosotras… ¡Una pasada!
    Besos.

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    1. La pasada es leer vuestros comentarios. Soy un poco masoca y disfruto viéndoos sufrir un poco. 😂😂😍. Poder despertar sensaciones y sentimientos es todo un reto. Si en algún momento me acerqué… bufff es un placer.
      Muchísimas gracias por tus palabra !!!!! 💋💋💋❤️❤️❤️

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