Descosiendo putadas de sobrehilado imperfecto

Nunca pensé hasta hoy que saberse recorrida por seres extraños, que no ves pero existen, fuera tan gratificante.

Cada gota de sudor toma la salida en mi nuca. Hay más puntos, pero son zonas de avituallamiento.

Lucha abocada a una muerte segura; derramada en algodón, seda o raso.

El traqueteo de maletas en el barrio de Lavapiés, el uno de Agosto en los años ochenta, no despista a las gotas que están en posición de comenzar la carrera.

Mi cuerpo de muselina envuelto y el no llevar debajo nada debajo dará una pequeña esperanza a mis pequeñas amigas.

Todos tenemos una boya a la que sujetarnos cuando no podemos nadar más. La mía fue durante mucho tiempo la muselina.

Cuando a los dieciséis años, las vendas me apretaban tan fuerte el pecho, que los pezones estaban a punto de reventarme; conseguía, muy de vez en cuando, una excusa para salir del convento.

Atravesaba corriendo la plaza Mayor, para llegar sin aliento hasta el enorme escaparate de Pontejos.

Solo la punta de mis dedos asomaban del hábito que ocultaba el secuestro consentido. Con ellos acariciaba un reflejo de lo que nunca tendría. Mis labios se apoyaban en el cristal y mis lágrimas terminaban empañándolo todo. Siempre me despedía limpiando para ver de nuevo las telas, los colores y por supuesto, mi amada muselina; sabiendo que volvería.

Con la maleta en la mano, miro mi pequeño apartamento desde la puerta. Una gota de sudor recorre mi cuello para adentrarse en la clavícula, mi piel se pone en guardia. Sobre el felpudo queda la maleta y las llaves por detrás. Me quedo unos segundos de frente mirando a la puerta, tiro del picaporte y cierro.

Nadie me quiso en su día, nadie sacó la cara por mí; y yo, inocente, cumplí a pies juntillas.

Las familias del quiero y no puedo son así,

– Tu hermano será abogado, para tu hermana ya tenemos echado el ojo a un marido de alta alcurnia. Tú honrarás a la familia entregando tu vida a Dios por nosotros -, me dijo un día mi padre.

Ni siquiera repliqué, las mujeres no estudian y yo era la fea. Era la divisa perfecta para su objetivo final. Mejor dárselo y salir de allí cuanto antes. A los quince ingresé como novicia.

Bajé las escaleras de madera gastada por los años y caminé de Lavapiés a Atocha paseando, despidiéndome de cada baldosa, de cada esquina, sonriendo a cada balcón, respirando cada mantón que ya empezaba a ondearse, aunque faltaran días para que La Paloma hiciera su aparición.

Al llegar a la estación, me vi sumida en el hervidero palpitante de la operación salida con equipajes que bombeaban solos ante mis ojos. El sudor había sobrepasado la meta volante del pecho, y los pezones, libres de ataduras, apuntaban erectos hacia la taquilla de los billetes de tren.

Ya voy, mi amor, sí mi amor, lo he dicho. A mis sesenta años. Toda una vida esperando y en dos horas daré un paso al infinito.

Uno a Cercedilla, por favor, de ida.

Fui la fea, sí, pero más lista que todos aunque nacieran siete veces juntos.

Aproveché mi tiempo a solas, estudié mucho a escondidas y cuando el convento no pudo con los gastos y se reconvirtió en escuela, pude formar parte del profesorado. Con el tiempo formalicé mi situación y me gradué. Más tarde solicité seguir formando parte de la congregación, viviendo en un pisito enfrente.

Y pasaron los años; del trabajo a casa; algún día cine de tarde y cuando el agua inundaba mis pulmones y la melancolía me acechaba por los cuatro costados; atravesaba la plaza Mayor corriendo hasta llegar a Pontejos, a disfrutar por unos minutos de la muselina a través de un cristal que nunca terminaba seco.

Y llegó él. Llenó los espacios vacíos; untó de paz mis desvelos; besó con ternura cicatrices que sangraban desde niña y despertó deseos ocultos que jamás soñé que existiesen.

– Dámelo todo y yo te daré un universo que nunca antes has conocido -, me dijo justo hace un mes.

Y aquí estoy, lista, mi amor. Voy a dártelo todo.

Un sudor frío recorre mis muslos, por no haber él venido a buscarme, no es muy gratificante pero incita a indagar en lo desconocido.

El coche se marcha. Una arboleda y al final aparece una ermita con la puerta entreabierta. Avanzo en el silencio por el pasillo central. Él está sobre el altar. Los bancos repletos de personas, con hábitos sobre sus hombros y un vaso de vino en sus manos.

Llego al pie de la escalera, el sudor es un diluvio y la muselina junto a mis lágrimas comienzan la riada.

Él coloca un hábito sobre mis hombros, un vaso pone en mis manos.

-Te he dado todo – le digo.

Todos beben de sus vasos.

-Lo sé -me dice.

Van cayendo uno a uno.

-¿Quieres irte?

– No.

– Pues bebe.

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73 comentarios en “Descosiendo putadas de sobrehilado imperfecto

  1. Fran

    Recuerdos de una vida pasada. Sobre todo me encanta la ida para ir a ver el escaparate de Pontejos y la muselina. Cómo acabó ese cristal, pero más vale lo que tú sentías allí. Entremezcla de sensaciones, pero muestras una energía interior de que todavía queda algo que te identifica con ello. Gracias por este bello regalo. Un abrazo Margui, te echaba mucho de menos.

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      1. Fran

        Haces bien, como hay que seguir hay que agarrarse a lo que se pueda.
        Es cierto que he vuelto a escribir en tu blog, pero quiero que sepas que aquí sigo para cuando lo necesites. Hace tiempo te ofrecí mi apoyo, y sigues teniéndolo. Quiero que lo sepas, y que me puedes escribir cuando quieras. Un abrazo.

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  2. Qué triste… o no. Siempre depende cómo sea el cristal con que se mire. 😉
    PD: ando media Chus… no entendí el final (o más bien le dí una interpretación que no sé si es correcta. ¿O puedo interpretar lo que yo quiero? jaja).
    “Dámelo todo y yo te daré un universo que nunca antes has conocido” (eres perversa… pesha).

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    1. Es muy drama, muy yo, ya sabes, no soy nadie si no lagrimeo, coño. (la coma especifica que llora lágrimas).
      Al final lo consigue el capullo. Consigue aliados para abrasarme el puto cerebro.
      ¿Triste? Realmente no sé lo que es triste.
      Ella decidió quedarse, se hizo mayor, no se fue nunca. Se quedó. No le echo cojones.
      ¿Triste?
      Ella le siguió, ¿no crees que en el fondo sabía a dónde iba?
      ¿Triste?
      Bebió.
      La tristeza es otra cosa, o no, no lo sé.
      Dejemos a los listos que lo averiguen.

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      1. Me refiero a “triste” que tus padres no te den alas, ni elección de Vida. Que tu vida quede limitada al encierro, por no haber tenido otra opción (¿o sí la había?). Hay gente que es feliz cumpliendo demandas y patrones heredados. Otros sonreímos y no entramos adonde nos mandan. Yo entendí que había llegado allí por “orden patriarcal”. Lo cual me parece tristísimo, sip.
        Si te refieres al resto… totalmente. Triste, ¡las pelotas! Sí sabía adónde iba… todos sabemos. No nos subestimemos tanto, que de boludos no tenemos un pelo (menos las mujeres…. saben muy bien si caen o corren con lobos). 😉
        Besossss

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      2. Quizás al principio no tuvo opción o no la vio. Pero no crees que después se dejó llevar? Diciéndose así misma que és lo que le había tocado.
        Se enamoró hasta las trancas y la dejaron en bragas.
        La ignorancia es lo mejor en estos casos. Cuando quiso saberlo, ya no tubo remedio.

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      1. No tengo ese concepto de ti. Solo atisbe tu esperanza Jajaha esa puta lucecilla jahshs
        Ains pues claro tonta. Si todos tenemos un poco de eso. Yo soy la más chunga y cerda y cuando me tocas y fibra me deshago
        Jajahaha
        En el fondo no somos más que cuentos

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      2. No pierdo la esperanza nunca… soy una enamorada del amor… y soy de la opinión que en el cine todo deberían ser finales felices… para los tristes ya esta la vida… que luego me llevo unos soponcios… que cuando encienden las luces parezco tonta…

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      1. Cuando una historia termina, que cojones sabemos lo que pasa por la cabeza de los protagonistas . Todo son conjeturas.
        Quizás no hay donde volver , ni con quién.
        Quizás haya visto la luz.
        Nunca lo sabremos

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